Diego Cáceres


EL EXPRESIONISMO BRUTO DE DIEGO CÁCERES

 

Furiosa, gruesa, espantosa, senil, pueril, descontrolada, incómoda, comprometida. Así es la mirada de Diego Cáceres. De trazo seguro, firme y convencido. Realidad transfigurada e insolente, desde las tripas, haciendo daño, profundizando en eso que algunos llaman fealdad. La realidad, la vida que nos envuelve, no es una tómbola, por eso la obra de Cáceres no se concibe desde la belleza, porque duele y las cosas que duelen no son para cobardes.

A veces oscuro, a veces naïf, a veces cubista y otras veces anárquico, sin referentes, Cáceres nos enseña a no relajarnos ante la tela o cualquier otro soporte, a cuestionarnos detalles de lo real y lo imaginado, sumergiéndonos en una media sonrisa cínica, congelada. Así se te queda la cara cuando ves Familia Burguesa por primera vez.

Sulfúrico y delirante, sus retratos se asemejan a máscaras africanas deconstruídas. A Cáceres no le interesa lo más mínimo el arte figurativo, concibe a los modelos como personas en el más amplio sentido de la palabra. Persona, del griego máscara, y como máscaras las trata. Máscaras, roles, retratos no de seres humanos sino de los papeles que éstos representan en la sociedad. Burgueses de mirada altiva, banqueros, especuladores... todos ellos dibujados con trazos diabólicos, inquietantes, parece como si se rieran de ti, como si se mofaran del espectador. Cáceres logra que su inquietud y desasosiego interno se transmita más allá del propio cuadro. Te hace pensar. Te revuelve las tripas.

Un recibo de alquiler de Catalunya Caixa, un panfleto de manifestación, una etiqueta de cerveza, cosas a priori banales, pueden aparecer en sus cuadros. Pero esos elementos no son únicamente resortes estéticos en un alarde de eclecticismo vacuo. Nada más lejos de la realidad. En la mayoría de ocasiones, Cáceres recicla objetos de la sociedad de consumo para darles la vuelta de tuerca necesaria. No pretende, ni mucho menos, usarlos como truco moderno (si es que queda algo de moderno en el arte) sino más bien todo lo contrario, los utiliza para hacer reflexionar al que se para a mirar. El aprovechamiento de toda esa información visual prefabricada para vender productos o incluso la propaganda anarquista introducida de forma consciente en sus cuadros, no solo sirve para concienciar sino que forma parte de la obra pictórica en sí. Cáceres elige concienzudamente el lugar donde esa información ha de aparecer, sugiere así una conversación interna entre la obra y el espectador.

Diego Cáceres es un pintor político desde la no política. Tiene concepción de clase, algo tan desvirtuado en los tiempos que corren. Propone un expresionismo radical, de piedra bruta, sin extraer el mineral de su interior. Eso queda reservado al espectador. De mente abierta, libertario convencido, rehuye del marxismo y se adentra en la doctrina más anarquista y librepensadora. Usa la imagen de Marx en sus cuadros como figura de revista, se mofa, le da igual. Es bruto, irónico, cínico e insolente. Precisamente esa es una de las cosas que le hacen más interesante. Cáceres no se vende al gusto burgués (si me permiten que use esa palabra sin que me consideren un anacrónico radical). Lo que verdaderamente propone su obra es un grito en contra de todas las convenciones de la oligarquía actual. Un grito radical. Una llamada a las clases humildes y trabajadoras. Un mensaje desde la no política, desde la autogestión, desde la libertad a todos los que, como el que escribe, no tienen nada que perder porque lo están perdiendo todo.

La obra de Diego Cáceres te puede o no gustar, pero nunca, repito, nunca, te deja indiferente. Así que, preparen el colirio, aplíquense unas gotitas y miren, miren a ver que pasa. Quedan avisados.

Ivan Romero Varo, dramaturgo.

Barcelona, 2 de noviembre de 2012.

Expo Colectiva Enero 2013

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